LA PRACTICA DE LA ADORACION EUCARISTICA DESDE EL CORAZON…

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De los escritos Eucaristicos de San Pedro Julian Eymard…

El santo sacrificio de la misa es la más sublime de todas las oraciones, pues Jesucristo se ofrece en él a su eterno Padre, le adora, le da gracias, le ofrece digna reparación y ruega continuamente por su Iglesia, por todos los hombres, sus hermanos y por los pobres pecadores.
¡Oración sublime que no cesa un instante del día ni de la noche en virtud del estado de víctima de Jesús en la Eucaristía! Ella sola es toda la religión, el ejercicio acabado de todas las virtudes. Unamos nuestras oraciones con la de nuestro Señor y oremos como Él por los cuatro fines del sacrificio.

LA EUCARISTÍA Y LA MUERTE DEL SALVADOR
Quotiescumque enim manducabitis panem hunc, mortem Domini annuntiabitis donec veniat. Cuantas veces comiereis este pan, anunciaréis la muerte del Señor (I Cor., XI, 26)
La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

Fue instituida la víspera de su muerte, la noche misma que fue entregado Jesús: Pridie quam pateretur; In qua nocte tradebatur.
Le da el nombre de testamento que se funda en su sangre—Hic calix novum testamentum est in sanguine meo.
El estado de Jesús en el Santísimo Sacramento es un estado de muerte. En las apariciones de Bruselas y de París, de 1290 y 1369, se dejó ver con las cicatrices de sus llagas como nuestra Víctima divina.
En la Hostia santa está sin voluntad y sin movimiento, como un muerto que hay que llevar.

A su alrededor reina silencio mortal. Su altar es sepulcro que encierra huesos de mártires; la lámpara lo alumbra como alumbra las sepulturas; el corporal que envuelve la Santa Hostia es nuevo sudario, novum sudarium. Cuando el sacerdote va a ofrecer el Santo Sacrificio lleva sobre sí insignias de muerte: no hay vestidura sagrada que no esté marcada con la cruz, que lleva por delante y por detrás.
Siempre su muerte, siempre cruz, es el estado de Jesús en la Eucaristía en sí misma considerada.

Si la consideramos como Sacrificio o como Sacramento que se recibe en la Comunión, patentiza ese estado de muerte de Jesús de una manera, todavía más viva.
El sacerdote pronuncia separadamente las palabras de la Consagración, sobre la materia del pan y sobre la del vino, de modo que, por virtud de la significación rigurosa de estas palabras, el Cuerpo de Cristo debiera estar separado de su Sangre, es decir, muerto.

Si no hay muerte real es porque a ello se opone, después de su Resurrección, el estado glorioso de Jesucristo; pero Él toma de la muerte lo que puede, es decir, toma el estado de muerte y le, vemos así como Cordero inmolado por nosotros.
Jesucristo, por esta mística muerte, continúa el Sacrificio de la Cruz, renovándolo millares de veces por los pecados del mundo.

En la Comunión se consuma esta muerte mística del Salvador. El corazón del comulgante viene a ser su sepulcro, pues disueltas en su interior las santas especies por la acción del calor natural, cesa el estado sacramental; Jesús sacramentado ya no está corporalmente en nosotros, sino que muere sacramentalmente, verificándose la consunción del holocausto.

En el corazón del justo halla Jesús una sepultura gloriosa, pero ignominiosa en el del pecador. En el primero no pierde su estado sacramental sin dejar su divinidad, su Espíritu Santo, y por lo mismo un germen de resurrección. En el segundo, esto es, en el culpable, no sobrevive Jesús, quedan frustrados todos los fines de la Eucaristía. La Comunión en estas condiciones es una verdadera profanación; es la muerte violenta e injusta de Nuestro Señor, crucificado por estos nuevos verdugos.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía?
Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús.
La Eucaristía es un testamento, un legado, que no puede tener valor sino por la muerte del testador. Jesús debía, por lo tanto, morir para convalidarlo.

Por eso, cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la Vida a Jesucristo, y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos.
La prueba suprema del amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía.

¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía! Y, sin embargo, bien a las claras nos lo dice Jesús con su presencia. Pero nosotros, como hijos desnaturalizados, no pensamos más que en sacar provecho y disfrutar de nuestras riquezas, sin acordarnos de Quien nos la adquirió a costa de su vida.
Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones que hemos dicho para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros.

Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas.
Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo: Mihi mundus crucifixus est et ego mundo.
Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad.

Por último, la Eucaristía nos hace partícipe de la Resurrección gloriosa de Jesús. Jesucristo es sembrado en nosotros y el Espíritu Santo se encargará de vivificar este divino germen y nos concederá por él una vida eternamente gloriosa.
Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este Sacramento de vida, dónde reside glorioso y donde triunfa su amor.

Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera cómo debemos corresponder a su amor.
¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu Pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu Redención!

LA ADORACIÓN EN ESPÍRITU Y EN VERDAD
Pater tales quaerit qui adorent eum… in spiritu et veritate “El Padre busca adoradores en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23)
La adoración eucarística tiene por objeto la divina Persona de nuestro señor Jesucristo presente en el santísimo Sacramento.

En este divino Sacramento Jesús está vivo y quiere que le hablemos. Él por su parte hablará con nosotros.
Todos pueden conversar con nuestro Señor, puesto que allí se ha quedado para todos. Además, ¿no dijo, sin exceptuar a nadie, “Venid a mí todos”?

Este coloquio espiritual que se establece entre el alma y nuestro Señor es la verdadera meditación eucarística, es lo que constituye en realidad la adoración.
A todos se conceden las gracias necesarias para hacer bien esta adoración; mas para asegurar el éxito y evitar la rutina y la aridez de espíritu y del corazón, es necesario que los adoradores sigan los movimientos de su gracia particular y los que les inspiren los diversos misterios de la vida de nuestro Señor, de la santísima Virgen y de las virtudes de los santos, a fin de honrar y glorificar al Dios de la Eucaristía, por todas las virtudes de que nos dio ejemplo durante su vida mortal, lo mismo que por las virtudes de lo santos, para quienes Él mismo fue la gracia y el fin, y hoy es la corona de gloria.

Vuestra hora de adoración la habéis de considerar como una hora de paraíso; id a ella como si fueseis al cielo, como a un banquete divino, y veréis cuánto la deseáis, y cómo la saludáis con regocijo. Fomentad suavemente en vuestro corazón su deseo. Repetid en vuestro interior: “Dentro de cuatro, de dos, de una hora… iré a la audiencia de amor y de gracia que me ha concedido nuestro señor Jesucristo. Él es quien me llama, me espera, y desea tenerme a su lado”.

Cuando os toque una hora costosa a la naturaleza, alegraos más: con el sufrimiento crecerá vuestro amor a Jesús: aceptadla como una hora privilegiada, pues os valdrá por dos. Si por vuestros achaques, enfermedad o por otra causa cualquiera os encontráis imposibilitados de hacer vuestra adoración, dejad que el corazón se contriste un instante y volad con el pensamiento al lado de Jesús, uniéndoos espiritualmente a los que le adoran en esos momentos. Durante vuestros viajes, cuando estéis ocupados en vuestros trabajos o postrados en el lecho del dolor, procurad guardar mayor recogimiento y conseguiréis el mismo fruto que si hubieseis podido ir a postraros a los pies del buen maestro. Él os tomará en cuenta esta hora y tal vez se duplicará su valor.

Id a nuestro Señor como sois, haciendo la meditación con toda naturalidad. Antes de echar mano de los libros, agotad el caudal de vuestra piedad y de vuestro amor. Aficionaos al libro de la humildad y del amor, cuya lectura es inagotable. Bien está que os valgáis de algún libro piadoso, para volver al buen camino del que os habíais desviado cuando el espíritu comenzó a divagar, o se adormecían vuestros sentidos; pero tened en cuenta que el buen Maestro prefiere la pobreza de vuestro corazón a los más sublimes pensamientos y santos afectos que os puedan prestar otros. Busca vuestro corazón y no el de los demás; busca los pensamientos y la oración que de él os broten como expresión natural del amor que le profesáis.

Frecuentemente, el no querer presentarnos al Señor con nuestra propia miseria y pobreza, que nos humilla, es efecto de un sutil amor propio, de la impaciencia o de la cobardía; y, sin embargo, eso es lo que prefiere a todo lo demás y lo que en nosotros ama y bendice. ¿Es la aridez la que seca vuestros afectos? … Glorificad a Dios y pedidle su gracia, sin la cual nada podéis: abrid entonces vuestra alma a las influencias del cielo, como la flor abre su cáliz a la salida del sol para recibir el benéfico rocío.

Si os halláis en la más completa impotencia, con el espíritu sumido en tinieblas, zarandeado el corazón por su frivolidad y el cuerpo atormentado por el dolor, haced la adoración del pobre, salid de vuestra pobreza e id a refugiaros en nuestro Señor; o bien,
ofrecédsela para que su bondad tenga la ocasión de convertírosla en abundante riqueza, lo cual será una obra digna de su gloria.

Pero resulta que os encontráis tristes y afligidos, de manera que todo se revela en vosotros y os impulsa a dejar la adoración, so pretexto de que ofendéis a Dios, de que, en vez de servirle, le deshonráis… ¡Oh, no!, no le prestéis oídos, ni os seduzca tan especiosa tentación, pues esa adoración es la adoración del combate, con lo que probáis vuestra fidelidad a Jesús contra vosotros mismos. No, no; no le desagradáis, antes al contrario, regocijáis a vuestro Señor que os está mirando. Si Satanás ha turbado vuestra quietud y sosiego es porque Él se lo ha permitido, y ahora, viendo cómo peleáis, espera que le prestéis el homenaje d vuestra perseverancia hasta el último instante del tiempo que le habéis prometido. Que la confianza, la sencillez y un grande amor a Jesús os acompañen siempre que vayáis a adorarle.

¿Queréis ser felices en el amor a Jesús?
Vivid pensando continuamente en la bondad de Jesús, bondad siempre nueva para vosotros. Ved cómo trabaja el amor de Jesús sobre vosotros. Contemplad la belleza de sus virtudes; considerad más bien los efectos de su amor que sus ardores; el fuego del amor es en nosotros algo pasajero, pero su verdad permanece. Comenzad todas vuestras adoraciones por un acto de amor, que así abriréis deliciosamente el alma a la acción de la divina gracia. Muchas veces os detenéis en el camino porque empezáis po vosotros mismos; otras os extraviáis, porque os fijáis en alguna otra virtud que no es la del amor. ¿No abrazan los niños a su madre aún antes de hacer lo que les manda? El amor es la única puerta del corazón.

¿Queréis distinguiros por la nobleza de vuestro amor? … Al que es el amor por esencia habladle del amor. Hablad a Jesús de su Padre celestial, a quien tanto ama; recordadle los trabajos que se ha impuesto por la gloria de su Padre e inundaréis su espíritu de felicidad. Él, en retorno, os amará cada vez más.

Hablad a Jesús del amor que tiene a todos los hombres y veréis cómo la alegría y el contento ensanchan su divino pecho, al mismo tiempo que vosotros participáis de esos dulces afectos; habladle de la santísima Virgen y le renovaréis la dicha de un buen hijo que, como Jesús, ama entrañablemente a su madre; habladle de sus Santos y le glorificaréis reconociendo la eficacia de su gracia.

El secreto del amor está en olvidarse, como san Juan Bautista, de sí mismo, para ensalzar y alabar a Jesucristo.
El verdadero amor no atiende a lo que da, sino a lo que merece el amado.

Si obráis de esta manera, satisfecho Jesús de vuestra conducta, os hablará de vosotros mismos, os manifestará su cariño y preparará vuestro corazón para que al aparecer en él los primeros rayos del sol de su divino amor quede abierto a la acción de l gracia, a la manera que la flor, húmeda y fría durante la noche, abre su corola al recibir los primeros fulgores del astro del día. Entonces su voz dulcísima penetrará en vuestra alma como el fuego penetra en los combustibles y podréis decir con la esposa d los Cantares: “Mi alma se ha derretido de felicidad a la voz de mi amado” (Cant 5, 4). Escucharéis esta voz en silencio, o mejor, en el acto más intenso y suave del amor: os identificaréis con Él.

El obstáculo más deplorable al desenvolvimiento de la gracia del amor en nosotros es el comenzar por nosotros mismos tan pronto como llegamos a los pies del buen Maestro, hablándole, enseguida, de nuestros pecados, de nuestros defectos y de nuestra pobreza espiritual; es decir, que nos cansamos la cabeza con la vista de nuestras miserias, y contristamos el corazón oprimiéndolo por el pensamiento de tanta ingratitud e infidelidad. De esta manera la tristeza produce pena, y la pena desaliento; y, para recobrar libertad en presencia del Señor, no salimos de este laberinto sino a fuerza de humildad y de angustia y de sufrimiento.

No procedáis así en adelante. Y comoquiera que los primeros movimientos de vuestra alma determinan, de ordinario, las acciones subsiguientes, ordenadlos a Dios y decidle “Amado Jesús mío, ¡cuánta es mi felicidad y qué alegría experimento al tener la dicha de venir a verte, de venir a pasar en tu compañía esta hora y poderte expresar mi amor! ¡Qué bueno eres, pues que me has llamado; cuán amable, no desdeñándote en amar a un ser tan despreciable como yo! ¡Oh, sí, sí; quiero corresponder amándote con toda mi alma!”.

El amor os ha abierto ya la puerta del corazón de Jesús: entrad, amad y adorad.
Para ser buenos adoradores es preciso que recordéis continuamente que Jesucristo, realmente presente en la sagrada Eucaristía, reproduce y glorifica en ella todos los misterios y todas las virtudes de su vida mortal.

Recordad que la santísima Eucaristía es Jesucristo con su pasado, presente y futuro; que es el último desenvolvimiento de la Encarnación y de la vida mortal del Salvador. Por la sagrada Eucaristía Jesucristo nos comunica todas las gracias, a Ella afluyen todas las verdades, y al pronunciar la palabra Eucaristía lo hemos dicho todo, puesto que es Jesucristo mismo.

Sea la adorable Eucaristía el punto de partida al comenzar vuestras meditaciones sobre los misterios, las virtudes y verdades de la religión. Puesto que ella es el foco y las demás verdades los rayos, partamos siempre del foco y así irradiaremos también nosotros.

¿Qué cosa más sencilla que relacionar el nacimiento de Jesús en el establo de Belén con su nacimiento sacramental sobre el altar y en nuestros corazones?
¿Quién no ve en la Hostia encerrada en el sagrario una continuación de la vida oculta de Jesús en Nazaret; y en el santo sacrificio de la misa, que se ofrece sin interrupción en todas partes, una celebración de la pasión del Hombre-Dios en el calvario?

¿No es Jesucristo en el santísimo Sacramento tan dulce y humilde como lo fue en su vida mortal?
¿No es ahora, como entonces, el buen Pastor, el consolador por excelencia, el amigo más fiel de todos los hombres?
¡Feliz el alma que sabe encontrar en la Eucaristía a Jesús y todas las cosas!

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BENITO VAZQUEZ

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