4 marzo, 2021

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El pueblo no es tonto

El pueblo no es tonto

Las ocurrencias de los gobernantes tienen un costo real, absurdo y —en ocasiones— criminal. Tan real, como que —de acuerdo con cifras de la Auditoría Superior de la Federación— la cancelación del aeropuerto en Texcoco será más costosa que su propia conclusión; tan absurdo, como que la decisión se tomó sin considerar que la alternativa elegida no sería suficiente para brindar el servicio que el país requiere, sino para cumplir con el capricho de una sola persona; tan criminal —también— como para continuar en dicho absurdo sin considerar lo que podría lograrse si los recursos destinados, a una obra inútil, se hubieran invertido en fortalecer el sistema de salud —y en la compra de más vacunas— para atender una emergencia humanitaria cuyos decesos, el día de hoy, se cuentan por centenas de miles.

Un aeropuerto frente a un cerro, tan útil como una refinería de gasolinas en pleno albor de las energías renovables, o como un tren que no va a ninguna parte cuando el país exige mayor comunicación; tan certero como un programa que reparte dinero a quienes ni estudian ni trabajan —y termina por inhibir el empleo— o, mejor aún, con tanto sentido económico como pretender el desarrollo inmediato de las regiones sembrando árboles que tardarán años en crecer.

Con tanta lógica como rendir las armas y ofrecer abrazos a los delincuentes, con tanta congruencia como para que, quien se asume como el Presidente más feminista de la historia, siga defendiendo a un violador sometido a proceso. Con tanto odio, como para que el titular del Ejecutivo siga señalando culpables de sus errores, cada mañana, mientras recibe aplausos; con tanto descaro como para acusar —todos los días— a quienes considera sus adversarios, sin que nadie sea capaz de desmentirlo; con tanto miedo, como para que la oposición no haya sido capaz de enfrentarle, rebatir sus falacias, y arrebatar la narrativa a quien —a pesar de todo— conserva una popularidad arriba del 60 por ciento. ¿Cómo es posible?

La pregunta del millón. ¿Cómo es posible que, a pesar de todo, el Presidente de la República conserve los niveles de aprobación que mantiene hasta el momento? ¿Cómo es posible que, con todo y los errores, la población siga apoyando lo que no son sino —evidentes— ocurrencias disparatadas? ¿Cómo es posible que la gente no se dé cuenta del engaño, y esté dispuesta a asumir un costo que no sólo es real, sino absurdo y criminal?

¿Cómo pueden seguir apoyando a un farsante? ¿Cómo puede el Presidente conservar el apoyo popular, a pesar de todo lo que hemos visto? ¿Cómo es posible que no pase nada? La oposición se revuelve, tratando de responder a una reflexión para la que no tiene respuesta, y repite un mensaje inocuo, sin influencia real en las redes sociales, en los grupos de mensajería instantánea, en los —ahora— muy contados encuentros personales.

El pueblo no es tonto y sabe que las cosas no marchan como deberían, pero no culpan al Presidente por el discurso de odio en el que todo sería culpa de quienes, guiados por los oscuros intereses de conservar sus privilegios, no permiten que avance en sus designios, y en ese costal mete tanto a los partidos como a la sociedad civil organizada. La oposición carece de argumentos, y ha tratado de convencer a la ciudadanía sobre la perversidad del adversario sin haber sido capaz de resolver sus propias paradojas: lo que toca, en este momento, no es resolver “por qué siguen votando por él, a pesar de todo”, sino entender “por qué, a pesar de todo, la gente no está dispuesta a votar por la oposición”.

Los agravios, sin embargo, son muy grandes. Algo no funciona cuando la oposición no es capaz de entender la deuda que tiene con la sociedad y espera que, sin mayores miramientos, vote por ella; algo no funciona cuando espera que, sin más, le sean perdonados todos sus agravios. Algo no funciona, cuando la paradoja no está bien planteada. Algo no funciona, cuando la oposición acepta la narrativa oficial y se ciñe al rol que el director de la misma le asigna.